AL OTRO LADO DE LOS CUIDADOS.

Soy enfermera desde hace muchos años y siempre he creído que en mi trabajo del día a día era capaz de ponerme en el lugar de la persona que yo cuidaba, o por lo menos mi intención era comprender su punto de vista, para de verdad atender sus necesidades.

Hace unos años sufrí una intervención quirúrgica abdominal que me obligó a estar ingresada durante 5 días, y reconozco que aprendí mucho sobre cómo  hacer las cosas a partir de aquel momento, y cómo mejorarlas.

Como cliente del S.N.S., un año antes, solicité cita con mi médico del centro de salud. En mi segunda cita, muy amablemente, me pidió una hoja de consulta al servicio de Cirugía pertinente, hoja que debía pasar previamente por la inspección. Si rechazaban la solicitud me llamarían de mi centro de salud, si la aceptaban, del Hospital; tiempo estimado de respuesta, de uno a dos meses. Hubo suerte y en poco más de dos meses me llamaron del hospital dándome cita para las Consultas Externas el mes siguiente.

Empezaba lo difícil. Estuvieron de acuerdo en la necesidad de la intervención, no precisando ésta ningún tipo de urgencia. Me mandaron a casa con una hoja con todas las posibles complicaciones: morir por la anestesia, sufrir infecciones o quedarte cicatrices enormes, feas o con colgajos. Yo tengo la ventaja de ser enfermera y sabía que aunque son verdad, es raro que ocurran, y aún así, se me pusieron los pelos de punta.

Asumía los riesgos. Me operaba. Firmé la autorización. Me incluyeron en la lista de espera, tiempo estimado 7 meses. A partir de ahí ya no sabes en que momento la dichosa lista de espera te va a cambiar los planes, y sí no estoy en casa cuando llaman, y sí me llaman en plenas vacaciones, y sí…

No tardaron más que 6 meses. ¡Esto funciona! Me citan de nuevo.

Tras 5 horas en la consulta decidimos que me operaba el día 5 de Mayo. Bueno, tenía algo más de un mes para organizar mi operación, mis niñas, mi trabajo, la casa, hay que atar muchos cabos. Pocos días después, el 4 de Abril llamaron de la consulta, me operan el día 6 de abril, hay una cancelación y se puede adelantar, me rompen de nuevo todos los planes que ya tenía. ¿Qué hago?, en media hora está decidido, los malos tragos cuanto antes mejor.

Se acababa la ansiedad, el hospital es mi medio, allí sería una experta. Estaba bastante equivocada y aunque me protegían las espaldas mis conocimientos y experiencia profesional, yo era la paciente y es bastante diferente, como pude comprobar. Llegar al hospital, acercarse al mostrador de admisión y mandarte a recorrer un edificio que desconoces, sola, con tu marido, no es lo que yo esperaba.

Tras el ECG y la analítica, me vuelven a mandar de paseo, también sola, a buscar Rayos, cuando por fin lo encontramos, entregamos la hoja en una ventanilla y nos ponemos a esperar en la sala de urgencias. Después de esperar durante tres horas, le pregunté a la auxiliar.

-“Por favor, ¿quieres decirme si mi petición está ahí dentro? Porque yo creo que se ha perdido”.

Sólo había una sala de Rx urgentes, para todos los servicios. Faltó poco para que lincharan al personal, y he de reconocer que no tenían ninguna culpa porque hacían una placa tras otra, pero la saturación perjudicaba a todos. Los enfermos solos, en medio de la sala, llena de gente de la calle, la sensación de abandono era muy grande.

Ya en la unidad, las cosas se precipitan no sé si en tiempo real o por mis nervios, me pongo la bata que reduce tu intimidad a cero, y de repente estoy camino del quirófano. Se me olvidó quitarme la alianza, parece mentira.

Todo fue bien, 4 horas de quirófano y alguna de reanimación, pero ya estaba en la habitación, donde debía permanecer 3 días de reposo absoluto.

En ese tiempo se piensa mucho y descubres que no todos saben que eres enfermera, lo que podría aclarar que no me dijeran que tratamiento llevaba, y cuando preguntaba, las respuestas no me aportaban toda la información que yo hubiera querido, pero sé que hay prisa y no quiero entretener. ¡Las cargas de trabajo!. Ver un par de veces a la enfermera en el turno, te da la impresión de que de verdad no saben cómo te encuentras, ni los miedos que tienes.

No controlaba nada, porque estaba al otro lado. No participo en las decisiones, y te sientes un poco niña, soy obediente y todo saldrá bien, soy un paciente más. He perdido mi individualidad y poder de decisión, que cuando trabajo como enfermera ejerzo continuamente. Hay aspectos de los cuidados que vanalizamos,  porque son rutinarios, sin parar a pensar, que son distintas personas, con distintas individualidades, las que reciben éstos  y para ellos no son rutina.

Ya sé lo que se siente cuando te ponen una cuña para orinar en la cama y te dicen, ahora vengo y pasan los minutos, la vergüenza, la pérdida de la intimidad, el dolor de la posición, la sensación de abandono que siente la persona que espera, es algo más importante que simple rutina. Y a pesar de todo esto, el trato recibido fue muy bueno, todos intentaron atenderme lo mejor posible, no tengo la menor duda, pero todo es mejorable y la primera que va a intentar mejorar soy yo como profesional, ya que me he visto reflejada en mis compañeros.

En nuestra formación debería existir la asignatura obligatoria, “estar al otro lado de los cuidados”, ¿cómo saber qué se siente antes del quirófano?, ¿o en la habitación?, ¿o cuándo vienen a pincharte algo?, ¿o te dan una pastilla que no hemos pedido?, ¿se habrán equivocado?.

Tengo mucho que mejorar. Este pequeño cursillo ha sido muy, muy, muy provechoso.

 

Mª Vicenta Blanco Soto.

Enfermera. Vocal de AMED.